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Opinión, Alfredo Pinoargote

Alfredo Pinoargote

Diálogos

Viernes, 07 de Julio de 2017 - 14:11
Terminó la confrotación y empezó el diálogo con el cambio de Presidente, así el proyecto político empezó a navegar el mar de las tormentas. El resultado político tangible al final del primer mes de gobierno es que la aceptación ciudadana de Lenín Moreno subió al 70 por ciento. 
 
Este indicador es lógico después de una década de tensiones, la atmósfera mágicamente se ha descargado y ahora se espera resultados positivos de este nuevo clima. Aquí viene entonces el meollo del asunto, si es que solo se trata de un barniz superficial que alivia a la sociedad de una sobrecarga humillante de abusos o si en verdad habrá un contenido de rectificaciones que suprima tanta distorsión a la Constitución que aprobó el pueblo en referéndum. 

El clásico plazo de los 100 días de prueba no será su ciente para esta verificación pero sí para examinar las bases de este nuevo período de diálogo. Esas bases están en blanco y negro con los decretos ejecutivos 21 para la estrategia contra la corrupción, 49 para el diálogo social y 50 para el consejo consultivo económico y tributario. 

Queda muy claro de los textos respectivos que por ningún lado se atisban ajustes sustanciales al modelo económico y político. Ya que el estrecho resultado de la segunda vuelta le dio un espaldarazo a ese modelo, otra cosa es que la mitad del electorado sí votó por esos cambios. Se mantiene así un principio medular de la Revolución Ciudadana, ellos cambiaron el país y así va a quedar. Esto se comprueba cuando los tres decretos integran los respectivos órganos encargados de ejecutarlos con una proporción de ocho por mantener el modelo y dos por modificarlo. 

La estrategia anticorrupción parte de un principio engañoso, respetar la separación de funciones del Estado que suena muy bonito después de la decisión de suprimir las sabatinas cuyas tarimas eran utilizadas para impartir instrucciones a esas funciones.

Pero en la práctica implica que podrán seguir actuando igual pero ya no porque reciben esas instrucciones sabatinas. Si esto termina así es un lavado de manos, puesto que no se plantea ningún cambio a un sistema que fracasó rotundamente en una década donde la impunidad fue generosamente esparcida entre la partidocracia y la revolución. 

Respecto al diálogo se pincela una superestructura más amplia que la célebre socialización, donde cada uno de adentro o de afuera del partido solo recitaba su posición que después era arrollada por la voluntad suprema del caudillo iluminado que no aceptaba discrepancias ni de los amigos. Ahora se visualiza la reaparición de esa tricimoto del pendejómetro. 

En cuanto al modelo económico tampoco se observa un cambio sustancial al socialismo de Estado agudizado con la campaña electoral del Estado candidato, que luego de perder los petrodólares los recuperó absorbiendo la liquidez del sector privado en donde solo le va bien al que se hace socio del Estado clientelar que no reduce su grotesco déficit. Cambio de estilo igual a gatopardismo.